La salida de puerto fue, como para dejarme las cosas en claro de entrada,
a
vela, sin usar motor, maniobrando entre los otros barcos al borneo,
sólo con
mayor. Después de pasar la escollera, Luis estableció la
vela de proa,
mientras Andrés timoneaba.
A
pesar que el cockpit tiene unos asientos con respaldo de altura
y ángulo
comodisimos, Luis sacó tres sillas tipo de playa reclinables
y una mesa
plegadiza. Ese fue otro momento en el que me recordó que
estabamos en un
cata.
Navegamos
a unos 5 cables de la costa (ojota con el léxico)
apreciando las
playas y costanera de Montevideo. Enseguida nos dimos cuenta que la
calma
chicha que se apreciaba desde tierra no era tan así. Soplaban
unos 20 nudos
sostenidos, y con alguna que otra ráfaga más fuerte.
El GPS marcaba... casi
13 nudos!!! Impresionante. A pesar de la velocidad, la sensación
de paz y la
forma de deslizarse del Polynesia, la suave estela que dejábamos,
no daban
idea de semejante velocidad.
Ante
mi inexperiencia, yo preguntaba donde tenía
que poner mi tonelaje, si
en el casco de barlo o en el de sota, si más a proa o a
popa, y la realidad,
era que casi daba lo mismo. Así que cómodo sillón
playero en crujía y a
disfrutar el espectáculo.
A
esa velocidad, sólo 1 ó 2 olas arteras salpicaron
un poco, así que
colocamos una chubasquera que cubría todo el cockpit contra
el viento y
alguna ocasional ola, y listo el pollo.
Para
navegar más tranquilos todavía,
al rato achicamos un poco la vela de
proa y tomamos un rizo en la mayor. Todavía seguíamos
haciendo unos 8 nudos,
impresionante.
El
agua en esas zonas tiene un color un poco más verdoso, no
tan marrón
impenetrable, es bastante transparente. Nos cruzamos con 3 ó 4
lobos
marinos, algunos jugueteando y nadando, otros parecían dormidos,
tan quietos
y panza arriba que parecían troncos flotando. Cuando le pasábamos
cerca
pegaban un salto y se alejaban. También durante todo el
trayecto nos
saltaban alrededor unos ¿lisos? peces que no serán
voladores pero si
saltarines.
Comimos,
en mi caso frugalmente, sólo un sanguchito
de milanesa y unas
facturas de postre (eso para mi mentalidad gorda es frugal) ya
que no quería
pasar papelones si después el tiempo se ponía bravo
y descomponerme en mi
primer viaje en un cata. Pero por suerte no tuve ni el amago de marearme,
y
eso que al comienzo soplaba lindo y las olas eran importantes.
A
la tarde el viento aflojó bastante, hacíamos
unos 5 nudos de velocidad y
nos daba la sensación de estar parados. En un monocasco
de similar eslora
con esa velocidad hubiéramos descorchado un champán.
Cuando el viento
calmaba por completo apoyamos con motor.
Finalmente,
cerca de Sauce, empezaba a oscurecer, estábamos
ya un poco
cansados, en mi caso con bastante sueño, si bien dormí en
el Buquebus no es
lo mismo. La entrada a Sauce fue totalmente de noche, nos acompañaba
un poco
de luz de luna, y nos guiaba el humo de la pastera, lamentablemente.
Amarramos a eso de las 21 hs y nos estaban esperando en el puerto
la familia
de Luis. Me alcanzaron hasta el omnibus que me llevó a Colonia,
de nuevo
coma 4 hasta que me revivieron en la terminal. Lamentablemente
los sábados
no hay viajes nocturnos en Buquebús, me fui de caminata
al puerto de yates
pero no encontré a nadie conocido para ofrecerme de tripulación.
Así que
chivito canadiense mediante, un poco de espera, el domingo a
las 9
hs emprendí el regreso en otro catamarán, pero
esta vez a motor y a unos 30
nudos aprox. gracias a sus 22000 hp y 4 turbinas.
Un
finde distinto y muy emocionante para mi. Les paso 4 fotos que
sacó Luis,
y un video navegando al atardecer. Saludos, Máximo.
http://www.youtube.com/watch?v=kktCBEIqnuA